Viernes por la noche, fin de quincena, sin un peso en la bolsa, casi todo resultaba convencional, tenía rato que la noche nos había alcanzado con su obscuridad, las angostas calles del centro nos cubrían del viento, aun recuerdo a mi padre haberme mencionado que el diseño de las calles tenía que ver con no permitir que el viento corriera fuerte, para mí era un error tener tantas calles tan intrincadas, confusas y siempre diagonales.
Era otoño, así que las ramas secas de los arboles sonaban con las brizas, el ulular de algunas ramas se cubría con el estruendo de alguna cosa que caía en los techos de las vecindades. Beto y yo caminábamos por la acera, siguiendo las luces de las farolas que de repente titilaban y en los peores casos se apagaban. Caminar por estos caminos nos resultaba un poco difícil, pues eran tantas las historias que nos habían contado que a veces mirar al fondo de una vecindad oscura nos daba escalofríos, el cuerpo se encogía y no lográbamos más que pasar deprisa delante de los viejos portones de las calles del centro.
Ya andados en nuestra aventura, apresuramos el paso, pues cruzar el rio era un reto mayor que cualquiera de todas estas vecindades quedaba corta. Entre más nos acercábamos por la calle principal el arrullo de las aguas sonaba más claro, bien dicen que este sonido engaña y más de algún ahogado ha caído en su encanto, buscando la razón de los murmullos, persiguiendo chicharras y luciérnagas, cayendo al fondo hasta perderse y nunca encontrarlo jamás, de estas y otras noticias se había levantado una serie de leyendas, anécdotas y cuentos, que nadie quisiera escuchar, mucho menos vivir.
Caminando en la rivera, avanzábamos sin pesar, cada paso se convertía en un momento atrás, no parecía que avanzáramos más bien como si al paso nos regresáramos en el tiempo y distancia atrás. A lo lejos empezamos a escuchar ruidos extraños, ¡En la madre! Qué está pasando, expresó Beto con sorpresa, miedo y una especie de miedo encerrado nos cimbro e hizo que calláramos sin avanzar.
Después de unos segundos, todo parecía haber vuelto a la normalidad, los pasos habían iniciado como controlados por un reloj, distantes y sumisos al tic tac, Beto en su temeroso sentir se tomaba de mi brazo, sus 5 años menos se notaban en sus ojos en su mano temblando y apretándome hasta sofocar, mi madre lo había advertido, no vayan tan tarden nada bueno se obtiene en la noche, menos por estos rumbos tan llenos de soledad. El paso se apresuraba, como aquella máquina de tren que a lo lejos acelera su andar, llega un momento que nuestros rostros sudados y extraños se encuentran de mirada fija al escuchar extraños lamentos que a lo lejos rompen el silencio y no nos dejan concentrar.
El miedo se apodera de nosotros, llega un punto donde es difícil caminar, la respiración agitada, la espalda sudorosa, bajo el frio que mentalmente nos congela, no podemos más que caminar, escuchar los extraños lamentos a lo lejos, no dejan de parar, al mismo tiempo algunos animales, acompañan esta sinfonía extraña, de lamentos, ladridos y maúllos que suenan al azar.
Hemos dado vuelta a la esquina, quizás para nunca volver, son las tres de madrugada, y no queda más que correr, los extraños ruidos aquellos aterradores sonidos, nunca se nos han de olvidar, aun paso a mis años, y la piel se me enchina y las entrañas se me arremolinan, en un sinsentido fuera de la realidad, no solo es mi historia, son muchas más, las que de niños vivimos a mis quince años, sin duda para olvidar, hoy a mis 60, recuerdos amargos y experiencias extrañas, atesoradas en mi mente, no sé si son sueños de una vez, pero para mí son realidad.


Amigo, me encanto esta historia. De verdad que atrapa. Esta genial!! oye las fotos de tu libro donde las veo? te mando un fuerte abrazo. Besos desde Cd. Camarón. DARYL
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