Son casi las seis de la mañana, de nuevo doy vueltas en la cama; estas tremendas ganas de ir al baño, casi no las puedo resistir. He vivido 15 años, los mismos en esta casa, es terrible tener que salir al patio y cruzarlo para ir al baño, más en este húmedo y frio invierno, tarde tanto en agarrar calor, la noche se mi hizo corta, casi no pude dormir.
Además, siempre hay cosas que no me gustan, el corredor esta oscuro y tan solo en pensar ir a prender la luz, o ir corriendo a donde están mis papás, ¡Claro que no!, los asustaré y además no resolveré mi problema, ir al baño. Ahora me pregunto a quién se le ocurrió poner el baño ahí, tan lejos de los cuartos.
Me armo de valor y decido salir, mis instintos han ganado y aunque el cuero se me enchina y el estómago ya lo tengo revuelto; no aguanto más esta vejiga que está a punto de reventar. Salgo al patio, aun no ha salido el sol, el cielo está oscuro, los últimos rayos de la luna iluminan el bulto con forma de mujer, no sé qué hacer, a lo lejos cantan ya algunos gallos, se escuchan algunos ladridos y ahí está, ese cuerpo arropado. El miedo se apodera de mí, aunque el patio es amplio la mirada se fija en ella, todos mi sentidos están a la expectativa de lo que pueda suceder. Es una mujer, pero qué hace ahí, a quién espera y por qué está de espaldas. En cada paso que dot el patio parece alargarse y mis pasos son cada vez más pesados.
La curiosidad me gana y me acerco más, pero el escalofrío se apodera de mí, las ganas de ir al baño me mantienen en camino, pero cada vez la luz de mi cuarto se hace más pequeña, y las sombras y reflejos sobre esa mujer hacen que mi corazón empiece a latir fuerte y no puedo parar, es una mezcla entre deseo y miedo.
Me siento tan solo al caminar aquí, la oscuridad me rodea, no soy capaz de voltear a mirar mi cuarto, no puedo darle la espalda, el miedo se apodera de mí. En este momento mi corazón pareciera que quiere salirse de mi pecho, invoco todos los santos, al mismo Dios, pero aun así no puedo dejar de temblar.
…He decidido enfrentarla, tocaré su hombro y preguntaré que hace ahí…
La mezcla de miedo y valor revolotean por todo mí ser, casi puedo escuchar mis dientes titiritar, el vacío de mi pecho, la respiración agitada y el corazón latiendo más fuerte a cada paso. Mis vellos se enchinan al estirar mi brazo para tocar su hombro.
En el momento, la mujer se da la vuelta y su grito agudo, largo, como una horrorosa carcajada agónica, me desprende de mí, me arranca de la realidad, me arrastra al mundo de lo desconocido, infernal, de momento solo puedo sentir como un líquido caliente arriba a mis pies.


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