lunes, 20 de septiembre de 2010

Una mañana de septiembre

Caminaba por las calles, en un día gris y húmedo, casi sin un objetivo preciso. No era más que otro día de esos en los que no piensas, solo se cumple con la rutina, el trabajo, los amigos y esperas regresar a casa tan solo para descansar.
Mirando los rostros desencajados de la gente pasar, sus problemas agobian sus vidas, pero todo se equilibra con las sonrisas y gritos que se escuchan a lo lejos. Tan solo divago en las miradas y los cantos de las banquetas, agujeros que aparecen por doquier, las miradas de la gente preguntándose qué observo en el suelo, dirigiendo su mirada a donde la mía como buscando ayudar a encontrar una razón para continuar o bien detenerse y buscar.
Al fondo en el  jardín se miran más gentes, los niños juegan en el agua, chapoteando y bromeando, las risas inundan el espacio, el piso mojado aun por la lluvia de la mañana no da paso al sol que entre nubes se asoma, el aroma de humedad se distribuye entre una breve bruma que pronto tiende  a desaparecer.

Tan solo otra fría mañana de septiembre, esperando tu mirada entre la gente, deseando encontrarte entre todos ellos y correr a ti. Mi piel se arremolina, mis vellos se rizan con un ligero escalofrío, aquel que te anuncia que alguien te mira desde lejos, volteo y no preciso verte, aún no sé si es a ti a quien busco, pero mi corazón por dentro me dice que eres tú.
Hay veces que la noche se hace eterna, esperando tu mirar, saber que esas ahí y que pronto podré verte, me hace sentir vivo. De momento vuelvo en sí, he perdido esa sensación de tu mirada, por un momento olvido lo que hacía aquí, la espera se me hace eterna. De repente escucho tu voz, inconfundible acento que emites al hablar, todo vuelve en sí, parece como un renacer.
Tu mirada, tus labios, esas lindas manos que me abrazan tu cariño sincero y tú mirada fija reviven en mí este frio septiembre y vuelven el color a esta mañana gris.